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El golpe del que pocos se acuerdan: hace 61 años derrocaban al presidente Arturo Frondizi

Hoy se cumplen 61 años de un golpe cívico-militar, del que nadie se acuerda: el que derrocó al presidente Arturo Frondizi.

El Ejército y la Marina consumaron el golpe. Uno de los pretextos fue el triunfo que en los comicios del 18 de marzo había obtenido el peronismo, en Buenos Aires y en otras provincias.

Lo acusaron de «hambrear al pueblo», «duplicidad y maquiavelismo», «clerical», «procomunista» (por haber recibido secretamente al Che), «entreguismo y sumisión a los intereses extranjeros», y «corrupción organizada».

Pasó a la historia argentina como un Presidente constantemente acosado por más de una veintena de intentos de golpes militares y sus respectivas variantes de crisis políticas, ante las cuales a veces tuvo que ceder para evitar males mayores.

Entre los planificadores del golpe estaban el teniente general Pedro Eugenio Aramburu, el general Alejandro A. Lanusse y el contraalmirante Isaac Rojas, entre otros.

En determinado momento, pasó por la cabeza de más de un golpista la idea de asesinarlo.

Un brigadier de apellido Cayo Alsina llegó a decir: «Frondizi no tiene ya nada que hacer. Lo mandos ya sólo están considerando si lo mandan a la Chacarita o a la Recoleta».

«No me suicidaré»

Era tan grave la situación, y tan serias las amenazas contra su integridad física, que el 27 de marzo de 1962 envió una extensa carta al presidente de la Comisión Nacional de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), doctor Alfredo García.

Lo hizo con el encargo de que la diera a conocer públicamente «en caso que se me eliminara físicamente o se me hiciera prisionero».

Como esto último fue lo que sucedió, posteriormente ese mensaje suyo fue difundido.

En sus tramos más importantes, Frondizi decía:

«Los hombres que el destino señaló para servir a la causa del pueblo sufrieron siempre los peores embates. Tengo presentes el suicidio de Alem, la tentativa de asesinato de Lisandro de la Torre y su posterior suicidio. A Yrigoyen lo dejaron solo.

Tengo la firme decisión de enfrentar todo lo que pueda sobrevenir. No me suicidaré, no me iré del país, ni cederé.

Permaneceré en mi puesto. Ratifico mi irrenunciable determinación de no renunciar sino de permanecer en el gobierno hasta que me derroquen por la fuerza.

Quieren mi renuncia. Con mi renuncia se prepara una parodia institucional sobre las bases de una democracia restringida que excluya a todos los sectores populares y, como consecuencia ineludible, una despiadada represión contra el pueblo.

Esta es, por lo tanto, la razón fundamental de mi obstinada y tenaz negativa a renunciar a mi cargo o terminar con mi vida.

Quienes se atrevan a sacarme del gobierno por la fuerza o a eliminarme físicamente, deberán asumir ante la historia la responsabilidad de haber desatado en la Argentina la represión popular y su inevitable consecuencia: la guerra social.

Este episodio de hoy es la culminación de un largo proceso a través de cuyo desarrollo mi gobierno libró un incesante combate entre la legalidad y el despotismo, entre la paz social y el caos, entre el desarrollo del país y el colonialismo».

Golpe con apoyo civil

Lo sorprendente fue que conocidos líderes políticos apoyaron el golpe, entre ellos nada menos que Ricardo Balbín, presidente de la Unión Cívica Radical del Pueblo.

El 21 de marzo, éste declaró que la gestión de Frondizi era «lesiva para los intereses vitales del país».

Otro que fomentaba su alejamiento era el anciano líder socialista Alfredo Palacios, quien ya el 1º de octubre de 1958, a sólo seis meses de asumir, había reclamado su renuncia.

El propio Arturo Illía aceptó su derrocamiento como legal, como si un golpe de estado militar para terminar con un gobierno constitucional fuera legal.

A la cabeza de todos esos enemigos civiles estaba Perón, quien desde Puerta de Hierro maniobraba contra él.

Un día, hablando sobre el pacto que había firmado con él, le dijo a su lugarteniente Jorge Antonio:

«Si Arturo Frondizi cumple con el pacto, las próximas elecciones habrán de realizarse con nuestra presencia. Si no cumple, durará en el poder muy poco tiempo. Dos o tres años en todo caso. Fatalmente, caerá por su propio comportamiento».

Siguió diciéndole:

«Los dos pájaros de esta historia son lo suficientemente tenebrosos como para que nosotros tengamos el mayor cuidado en eliminarlos.

Uno es Ricardo Balbín. Éste, por aquella incondicionalidad suya al régimen de Aramburu, no hubiera vacilado en su momento en masacrar al pueblo en la primera oportunidad y con cualquier excusa.

Al presidente Frondizi, el otro tenebroso, también lo habremos eliminado, pero serán los suyos mismos quienes lo derroquen».

Sobre estas expresiones de, Jorge Antonio declaró:

«Estábamos en plena guerra con el régimen de Frondizi. Debíamos eliminarlo antes que nos eliminara a nosotros e impidiera una salida honorable para la nación».

El fin

A las 7 de la mañana del 29 de marzo de 1962, Frondizi preparó sus cosas en su dormitorio de la residencia presidencial.

En medio de gran tensión emocional, iban desfilando por ese lugar sus amigos, colaboradores y miembros de la juventud de la UCRI, para darle el último adiós como Presidente.

La última en despedirse de él fue su esposa, Elena Faggionato. Luego caminó hacia el auto que afuera lo esperaba. Una multitud lo apretujaba cuando, de pronto, todos entonaron el Himno Nacional.

A las 7,30, custodiado por el jefe de la Casa Militar, lo condujeron en calidad de detenido a la Isla Martín García, donde permaneció hasta el 3 de marzo de 1963. Lo trasladaron después al sur, a Bariloche, donde estuvo en el hotel Tunkelén.

En total estuvo preso, sin juicio, dieciocho meses.

Por Vidal Mario
Escritor y Periodista

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